Category: RELATOS


Tornasoles

 
 

El momento de mi nacimiento no fue fácil para mi. La húmeda quietud del lugar donde me hallaba, empezó a sufrir repentinas sacudidas y a través de un estrecho túnel, con el empuje de una fuerza desconocida, se abrió ante mí la ventana de un nuevo mundo. Tenía miedo, pero cuando creía que caería al vacío, milagrosamente y por sorpresa, me sentí sostenida por unos brazos que me llevaron en volandas.

 

A lo largo de mi vida, unas veces he visto las cosas que tenía sobre mi cabeza, otras las que había por debajo de mis pies… he visto globos de colores, niños riendo, destellos cristalinos en las aguas de una fuente…  e incluso, al compás de las notas que salían de un bargueño mágico, como la bailarina que se mueve etérea y de puntillas al abrir una cajita de música; he bailado también.

 

Si… este mundo que tanto me había asustado al nacer, ha sido un lugar fascinante que me ha regalado risas, luces, formas muy dispares y colores que nunca hubiese imaginado. Sin embargo, la felicidad… como la propia vida, puede ser escurridiza y escaparse como un pez que se resbala entre las manos. A mi me ha ocurrido de repente y de forma irremediable.  

 

Con la convicción de haber descubierto el más mágico y extraordinario de los tesoros, ha señalado hacia mí con su dedito tierno y regordete. No he podido evitar mirarle a los ojos y en el fondo oscuro de su negra pupila, he podido ver los tornasoles de mi finísima corporeidad, precipitándose hacia el que era mi inexorable destino.  

 

Ahora, lo que queda de mi es apenas una mancha húmeda en su mano que desaparecerá en pocos segundos, pero a pesar de todo, la mía está siendo una muerte feliz. Fenecer siendo tocada por el dedo de un niño, es una suerte que corremos muy pocas pompas de jabón.

 

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Su nombre es Carolina

 

La tarde cae… el tiempo discurre despacio desgranando los minutos como si fuesen hojas y junto al kiosco de los helados, alguna paloma solitaria picotea restos de pan aquí y allá.  Sentado en un banco de esta plaza, dejando fluir hasta la más oculta y secreta de las esencias que pueblan mi mente, escribo…

 

 

 

Igual que llega la enfermedad, de forma inevitable y sibilina, penetró en mí el que ha resultado ser el sentimiento más fuerte y poderoso que jamás he vivido. Mi difunta nunca lo supo, o nada me hizo sospechar lo contrario, pero lo cierto es que iniciado el ocaso de mi vida, cuando uno ya está de vuelta de todo y sin pretenderlo, me enamoré como un adolescente de Carolina, la florista.

 

La veía a través del cristal del escaparate cuando pasaba por la acera. Su piel se veía tersa como la de los albaricoques en su punto exacto de madurez y su cuerpo se intuía lozano y fresco como la hierba verde.  El perfil de sus labios recordaba al arco de Cupido y sus ojos, del color de la albahaca, eran dos balcones que cuando me miraban, producían en mí un vértigo que apenas podía controlar.

 

La amaba en silencio cada tarde.  Sentado en un banco del parque, la veía acomodar las plantas y los ramos que había expuestos en el exterior. Incluso con aquel delantal verde con ribetes naranjas era capaz de eclipsar la hermosura de rosas, margaritas, gladiolos y otras flores exóticas de singular belleza.

 

Alguna vez, a fuerza de verme sentado en el banco o cruzar por delante de la tienda, me saludaba dibujando con la perfección de su boca, una bonita sonrisa. Y yo la veía como lo que era… una diosa inalcanzable y prohibida para mí, pero un día no pude seguir evitándolo y como el enfermo que acude a la farmacia en busca de su remedio; tuve que ir a la tienda.

 

Buenas tardes, ¿qué desea? Me preguntó sonriente al verme entrar.

 

Sentía la sangre palpitar en mi garganta y temía no poder hablar, pero fue ella misma quien solventó ese pequeño contratiempo al continuar diciendo: – Y qué se puede buscar en una tienda de flores, ¿verdad?…  Tenemos cosas muy bonitas. Las rosas rojas y los iris los hemos recibido esta mañana…-   Yo la miraba deslumbrado mientras ella seguía hablando de orquídeas Vanda y otras exquisiteces florales. Y la fresca calidez de su voz proyectándose entre aquella mezcla de fragantes aromas, produjo  en mi un inusitado efecto sedante; consiguiendo así, terminar con la ansiedad que me produjo el mero hecho de estar cerca de ella.

 

-… Si quiere algo especial como una rosa azul…- prosiguió, … podemos tenerla en veinticuatro horas, aunque tiene que saber que son un poquito más caras que las otras.

 

Convencido de que no había dinero que pudiese pagar la flor que yo necesitaba, le sonreí.  Se habrá dado cuenta, le dije …de que cada día paso por delante de esta tienda y cuando voy al parque me siento en el banco que queda justo enfrente.  Llevo tiempo preguntándome, si la flor más bonita que hay en ella aceptaría al menos tomarse un café conmigo. 

 

Con esas palabras, acababa de ofrecerle abiertamente y de aceptar yo mismo, mis sentimientos. En ese momento no le dije mi nombre, porque a fin de cuentas ya nos conocíamos. Ella era Carolina, la dueña de la floristería y la mujer que me había robado el corazón y yo no era más que un viejo chocho que pasaba por delante de su tienda cada día.

La respuesta no se hizo esperar. Mientras se quitaba el delantal y le hacía una seña a un joven que pulverizaba unas plantas verdes, para mi sorpresa contestó: ¿Puede ser ahora?

 

Compartimos apenas la brevedad de un café, pero esa tarde dio inicio a los que resultaron ser, unos de los días más felices y enriquecedores de mi vida. Vivíamos nuestra secreta relación en la eternidad que otorgaba el tiempo que podíamos estar juntos y la primera vez que hicimos el amor, a escondidas en el baño lloré como un niño. Uno ya no tenía el vigor de los veinte años, pero ella, mi diosa clandestina, en la plenitud de su vida consiguió despertar en mí emociones que creía muertas. 

 

Cuando Consuelo que en gloria esté, enfermó, dejamos de vernos por expreso deseo de Carolina. Pensó que debiendo estar más presente en mi casa, lo mejor era dejar nuestra relación en una especie de stand by sin fecha de expiración.  Decía que le parecía inmoral estar conmigo mientras Consuelo luchaba por su vida y que lo más justo para con ella, era quedarse al margen.

 

Acepté su voluntad sin alegatos conociendo el riesgo que a pesar de todo conllevaba. Yo estaba seguro de que mi amor por ella no tenía límites y ella también decía que me quería, pero es sabido que la distancia consigue muchas veces marchitar una relación hasta hacerla perecer.

 

En este punto de la historia, puede parecer que eso fue lo que ocurrió, pero no ha sido así. Carolina, la mujer más generosa que yo he conocido, mantuvo conectado ese hilo secreto e invisible que une a los amantes y pasado el tiempo prudencial que requería socialmente mi nuevo estado civil, aceptó venir a vivir conmigo.

 

Mis amigos, los que me quedan, me preguntan en ocasiones qué médico me asiste y si tomo algún complejo vitamínico para estar tan vehemente y enérgico. Tal vez un día les desvele mi secreto y les cuente que el compuesto que me tiene así, aunque tiene nombre de mujer; no se llama Viagra ni lo venden en farmacias, si no que lo encontré en una floristería.

 

 

 
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¡Feliz Año Nuevo!, princesa

 
 

La obligación de pasarlo bien porque socialmente se ha decretado estar feliz un determinado día del año, nunca ha casado bien conmigo.  Hasta el año pasado cumplí con el ritual de reunirme con gente, tomar las uvas, brindar con champán, llevar ropa interior roja  y tras la última campanada abrazar a quien tenía al lado y gritar con fingido entusiasmo: ¡feliz año nuevo! Pero en este pasado fin de año,  por fin, ha sido todo distinto.

 

Tras una caliente y larguísima ducha, decidí estrenar las zapatillas con  mapaches que con tanto acierto me ha traído el Papá Noël esta navidad y ponerme el confortable pijama de franela rosa con estampado de búhos, que tengo desde hace dos temporadas. Frente al espejo y rodeada por la orla de humedad que deja el vapor acumulado durante la ducha, me fijé en mi aspecto. Recordé lo que me dijo Roberto en una ocasión, con esa voz de locutor de radio que le salía cuando se ponía solemne  – Nena, déjate de tonterías, que tu estás estupenda hasta con la bolsa del súper.   ¡Ay!… Cuánto deseé que me hubiese visto en ese instante.

 

Abrí la ventana del cuarto de baño apenas unos milímetros y minimizar así los estragos que produce la condensación del vapor en los azulejos de la pared, apagué la luz y me dirigí a la cocina a prepararme algo para cenar porque no hay que engañarse, la comida es lo mejor de la nochevieja. 

 

Sobre la mesita del salón tenía listo un buen surtido de películas, que previamente había seleccionado. Descorché una botella de sidra porque siempre la he preferido al champán y me dispuse a saborear mi cena y recibir el año con los personajes más carismáticos del celuloide.

 

Al sonar las doce en el reloj de la pared, como una Bridget Jones enfundada en mi viejo pijama de franela rosa, llené mi copa y brindé por Roberto. Deseé con fuerza que le fuesen bien las cosas y que algún día, de alguna manera, pudiéramos de nuevo reírnos en la cara del mundo si hiciese falta.

 

La auténtica Bridget, se besaba en ropa interior con Marc Darcy bajo la nieve, cuándo decidí acostarme.  

 

* * * * * *

 

Llevaba durmiendo más o menos una hora cuando un frío repentino recorrió mi cuerpo. -Feliz año nuevo, princesa…  escuché claramente. Me impresioné, pero tras unos segundos, el sobresalto se convirtió en malhumor. Tengo el sueño ligero y lo último que me apetecía, era desvelarme por ese sinsentido provocado seguramente por algún mazapán mal digerido. Resoplé sacudiendo el edredón y me di la vuelta. Me cubrí la cabeza, y recogí mi cuerpo hasta conseguir la socorrida posición fetal para entrar en calor.  Pasados unos minutos, más calmada, me fue invadiendo de nuevo el sopor.

 

-Vaya… ¿Ni un igualmente, siquiera?

 

La inconfundible voz de Roberto estremeció hasta la última de mis células.  Intenté hallar una explicación  a lo que estaba pasando, pero no podía pensar. Le vi apoyado en el quicio de la puerta, mirándome con sus ojos pequeños pero tan intensamente oscuros y abisales, que cuando caes en ellos, es imposible volver a salir.

 

No perdimos tiempo en contarnos cómo nos había ido, ni por qué había venido a esas horas, sólo nos abrazamos con tantas ganas, que ni un fino cabello hubiese conseguido interponerse entre nosotros. – Déjame mirarte, deja que grabe este momento en mi memoria, me dijo con ansiedad contenida.

 

No sé en qué momento se quitó la ropa.  Ni recuerdo cuándo me despojé yo de la mía. Mis pechos desnudos, erectos buscaban su boca y ésta, complaciente comió de ellos. El cosquilleo de su barba, excitó mis sentidos por completo y el aroma a madera y cítricos que exhalaba su cuello, sacó de mí el instinto más salvaje que recuerdo.

 

 

Recorrí su cuerpo intentando aprender nuevamente cada línea, cada saliente y cada recodo de su piel, y a la vez, marcar en ellos con mi boca y con mis manos la huella de ese instante.  Quería retener en mi lengua, el sabor de sus labios, de sus manos, de su pecho, de su vientre… y poder saciar el hambre desbocada y voraz que se apoderaba de mí.

 

Me acariciaba con maestría de artista y como el músico que afina las cuerdas de su guitarra, arranaba de mí notas hasta entonces no oídas. Conocedor sin duda del arte de amar a una mujer, se recreaba al deslizar sus dedos por los ardientes pliegues que se ocultan entre mis piernas. Y sin prisas, pero sin descanso, con la firme delicadeza de quien desgrana una fruta madura, lamía con placer el escondido fruto de sus anhelos. Y en cada beso, cada mirada y cada jadeo, iban impresas las palabras escritas, las caricias no dadas y el eco de todo lo dicho.

Agotada al terminar y con una plenitud desbordante, le dije riendo:

– ¡Feliz año nuevo, Roberto!

 

* * * * * *

 

Desperté por la mañana abrazada a la almohada, semidesnuda y con el pantalón del pijama enredado entre las sábanas. Aturdida, rememoré lo ocurrido…

 

Medio en broma, a veces digo que tengo telekinesia, por el poder, que no domino, de levantar cosas sin necesidad de tocarlas, pero tanto como para traer a Roberto esa noche, me pareció mucho poder. El zumbido que prvocó el móvil al vibrar me sacó de estas cavilaciones. En la pantalla apareció con varias horas de retraso, un mensaje de Roberto que decía: – ¡Feliz año nuevo!, princesa

 

Tal vez, no haya sido todo un sueño.

 

 

  

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Niña Buena

 

 

Hace unos meses, en uno de los viajes que hice para visitar a mi hermano, me acerqué al que fue mi antiguo colegio. Salvo algunos detalles que habían cambiado como el timbre o la gran puerta de hierro por la que entrábamos, hubiese dicho que no había pasado el tiempo por él.

 

Tras pulsar el timbre un par de veces, salió a abrirme una mujer sin toca ni hábito.  Ahora no es fácil distinguir a las monjas. Llevan faldas escocesas mostrando sus piernas, son rubias, morenas e incluso alguna tiene el pelo rizado. Siendo niña, jamás hubiese dicho que una monja pudiese tener pelo.   De no ser por una minúscula cruz que llevan incrustada como un pin en la chaqueta o en el cuello de la blusa, podrían pasar perfectamente por seglares.

 

Buenos días, ¿en qué podemos ayudarle?

 

Yo había sido de las primeras niñas que fueron a ese colegio, y le dije que simplemente tenía curiosidad por saber que fue de las hermanas que  vivían en el convento.

 

Demos un paseo mientras hablamos. Me contestó muy sonriente  -Yo soy la hermana Clara.

 

Hechas las presentaciones, me hizo volver sobre mis pasos y me acompañó a la puerta de una verja que ocultaba los jardines.  Habían pasado muchos años y sin embargo por un momento tuve la sensación de haber estado allí el día anterior.

 

Al pasar frente a mi antigua clase, y con la claridad que da el recuerdo, pude escuchar la voz de mi madre.  Se buena, me decía cada mañana al dejarme bajo la tutela de la monja portera. Nunca entendí por qué, de ninguna forma hubiese podido ser mala en aquel mundo habitado por mujeres que dedicaban su vida a Dios. Aunque esto, el hecho de que eran mujeres lo supe más tarde, a los cuatro años estaba convencida de que las monjas eran simplemente eso. No iban a la peluquería, no llevaban medias de nylon como mi madre, no iban a comprar y nunca las veía  en otro sitio que no fuese el colegio, la capilla o los jardines del convento.

 

Pese a ser confiada a esos extraños seres vestidos de negro de los pies a la cabeza, no me sentía a disgusto entre ellas y tengo gratos recuerdos del que fue mi primer colegio.

 

–¿Cuantas niñas tienen ahora, hermana Clara?

Ninguna.  Cuando me enviaron aquí, el colegio ya había sido cerrado.  Ahora es una casa de retiro.

–¿Tienen abuelos?

 

No sé si fue mi pregunta o la expresión de mi cara, el caso es que hice reír a la monja. Rápidamente se apresuró a aclararme que no, que a pesar de que  su orden lleva centros de gente mayor,  era una casa de retiro para ellas mismas. Las monjas que por su edad o condiciones físicas ya no pueden trabajar, van a vivir allí.

 

Nunca hubiese imaginado encontrar mi colegio convertido en un asilo de monjas jubiladas o enfermas ¡Con lo activas que las recordaba! En el huerto, con los rosales, tendiendo interminables hileras la ropa, o por supuesto dando clase.

 

–¿Siguen haciendo el mes de mayo,  hermana Clara?

Por supuesto, a la Virgen no deben faltarle flores ni un solo día del año, pero mayo es el mes de María, me contestó sin perder la sonrisa un instante y como diciendo, lo sabes perfectamente.

 

No podía dar descanso a mi cabeza, iba y venia por los recortes de mi pasado constantemente y recordé también mi primer mes de mayo en el colegio. A mediodía nos llevaban a hacer la visita a la Virgen y no se por qué, a mi aquello me parecía una aventura de lo mas excitante.

 

El rumor que producían las suelas de los zapatos de veinte niñas y el tintineo del rosario de la hermana Joaquina,  rompían levemente el silencio y la quietud que se respiraba a lo largo del pasillo que conducía a la capilla.  -De dos en dos… sin correr…  las manos atrás, no toquéis nada… repetía hasta tres veces como en una letanía, antes de llegar.

 

Al entrar en la capilla las voces aniñadas del coro, se fusionaban en una inexplicable atmósfera, acrecentada por el olor de los cirios y los ornamentos florales que con tanto esmero cambiaban a diario las novicias.  Claveles blancos y lirios flanqueaban la figura del Cristo crucificado y alhelíes, azucenas y rosas blancas rodeaban el manto azul de la Virgen.

 

Algo que a mi joven cerebro también le costó procesar, fue que esos sonidos salieran de gargantas humanas. En el silencio de la capilla, esas voces aflautadas e imposibles resonaban de tal forma que llegué a pensar que provenían de los angelotes sonrosados y rubios que había pintados en las paredes, iguales a aquellos que flotaban ingrávidos y sin cuerpo en el cuadro que mi abuela tenia sobre el cabecero de su cama.

 

–¿Y la hermana Joaquina, vive todavía? Era una pregunta de esas que se hacen sospechando todo lo contrario, pero no,  la hermana Joaquina vivía y con aceptable buena salud.  Con sus noventa recién cumplidos, aparte de la pérdida de oído y alguna que otra laguna en su memoria, se encontraba bastante bien.

 

Nos dirigimos a un pequeño saloncito en el que las hermanas podían conversar unas con otras, hacer punto, jugar al parchís, o a las cartas… También fue una sorpresa para mí verlas divertirse.  ¡Cuanto habían cambiado las cosas!

No me costó demasiado reconocer a la hermana Joaquina. Llevaba el hábito de siempre y la chispa de sus ojos seguía siendo igual de brillante.

Por supuesto no me recordaba, pero se emocionó al saber que una antigua alumna suya, había ido a verla.

 

-Ay que ver hermana, cuanta guerra le dimos…– le dije alzando un poco la voz por su sordera. Se quedó pensativa y pasados unos segundos, respondió:

 

No lo creo, pareces una niña buena.

 

Desde luego ya no soy la niña que se quedaba embobada en misa, sin preguntar como podía el cuerpo de Cristo meterse en aquella forma redonda sin haber bajado de la cruz, ni por qué el cura se lo comía después.  Tampoco la que enrojecía con pensar que el chico que le gustaba pudiera estar mirándola, y también estoy lejos de ser la que en la discoteca alguna vez escuchó eso de “estás para comerte”, o “qué buena estás”.

 

¿Lo fui?…  ¿lo estuve?…  Simplemente espero haber no haber defraudado a nadie.

 

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Luego te llamo

 

El sol, filtrado a través de la persiana dibujaba atigradas líneas sobre su cuerpo y las hojas de la higuera movidas por una leve brisa formaban un baile de luces y sombras en la pared.

 

Mi mano, acariciaba sus mejillas jugando el cuidado fruto al que dio vida la perezosa mañana que no quiso afeitarse. Tal vez a mañana sofocante de un caluroso verano, o una de esas acolchadas por la escarcha y el hielo de la calle, que invitan a quedarse en la tibia quietud de la cama aún caliente.

 

En la tranquila mañana que nos envolvía, mi mano iba y venía amasando sus cabellos, desbordada en su mejilla, sintiendo en las yemas de mis dedos la magnitud de este momento que sólo fue mío.  Desnudo y vencido por el cuerpo a cuerpo mantenido minutos antes, permanecía inmóvil y con los ojos cerrados sonreía. Su torso perlado de sudor desprendía destellos de oro y saciado, el pequeño colibrí que habita mi vientre, había cesado su aleteo.

 

En el reloj de la iglesia sonaban las diez y como cada fin de  semana, el cortacésped de algún vecino comenzaba su monótono zumbido hasta el mediodía. Los dedos de la pequeña Christelle pulsaban sin descanso las teclas del piano de madame Thiébault y sus notas, en escalas discontinuas cruzaban el jardín hasta los pies de la cama. Poco a poco, el barrio se iba despertando.

 

-¿Quieres tostadas? Le pregunté haciendo el amago de levantarme.  No contestó,  su apenas perceptible respiración me dijo que se había quedado dormido. Salí de la cama despacio y procurando no hacer mucho ruido, cerré la ventana y cogí la ropa del armario.

 

Me giré un instante a mirarle. No pude evitar volver a su lado y con la ternura que se arropa a un niño pequeño, le cubrí y le di un beso.  Parece tan frágil cuando duerme…

 

Descansa un poco más,  le dije bajito, luego te llamo.

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