La tarde cae… el tiempo discurre despacio desgranando los minutos como si fuesen hojas y junto al kiosco de los helados, alguna paloma solitaria picotea restos de pan aquí y allá.  Sentado en un banco de esta plaza, dejando fluir hasta la más oculta y secreta de las esencias que pueblan mi mente, escribo…

 

 

 

Igual que llega la enfermedad, de forma inevitable y sibilina, penetró en mí el que ha resultado ser el sentimiento más fuerte y poderoso que jamás he vivido. Mi difunta nunca lo supo, o nada me hizo sospechar lo contrario, pero lo cierto es que iniciado el ocaso de mi vida, cuando uno ya está de vuelta de todo y sin pretenderlo, me enamoré como un adolescente de Carolina, la florista.

 

La veía a través del cristal del escaparate cuando pasaba por la acera. Su piel se veía tersa como la de los albaricoques en su punto exacto de madurez y su cuerpo se intuía lozano y fresco como la hierba verde.  El perfil de sus labios recordaba al arco de Cupido y sus ojos, del color de la albahaca, eran dos balcones que cuando me miraban, producían en mí un vértigo que apenas podía controlar.

 

La amaba en silencio cada tarde.  Sentado en un banco del parque, la veía acomodar las plantas y los ramos que había expuestos en el exterior. Incluso con aquel delantal verde con ribetes naranjas era capaz de eclipsar la hermosura de rosas, margaritas, gladiolos y otras flores exóticas de singular belleza.

 

Alguna vez, a fuerza de verme sentado en el banco o cruzar por delante de la tienda, me saludaba dibujando con la perfección de su boca, una bonita sonrisa. Y yo la veía como lo que era… una diosa inalcanzable y prohibida para mí, pero un día no pude seguir evitándolo y como el enfermo que acude a la farmacia en busca de su remedio; tuve que ir a la tienda.

 

Buenas tardes, ¿qué desea? Me preguntó sonriente al verme entrar.

 

Sentía la sangre palpitar en mi garganta y temía no poder hablar, pero fue ella misma quien solventó ese pequeño contratiempo al continuar diciendo: – Y qué se puede buscar en una tienda de flores, ¿verdad?…  Tenemos cosas muy bonitas. Las rosas rojas y los iris los hemos recibido esta mañana…-   Yo la miraba deslumbrado mientras ella seguía hablando de orquídeas Vanda y otras exquisiteces florales. Y la fresca calidez de su voz proyectándose entre aquella mezcla de fragantes aromas, produjo  en mi un inusitado efecto sedante; consiguiendo así, terminar con la ansiedad que me produjo el mero hecho de estar cerca de ella.

 

-… Si quiere algo especial como una rosa azul…- prosiguió, … podemos tenerla en veinticuatro horas, aunque tiene que saber que son un poquito más caras que las otras.

 

Convencido de que no había dinero que pudiese pagar la flor que yo necesitaba, le sonreí.  Se habrá dado cuenta, le dije …de que cada día paso por delante de esta tienda y cuando voy al parque me siento en el banco que queda justo enfrente.  Llevo tiempo preguntándome, si la flor más bonita que hay en ella aceptaría al menos tomarse un café conmigo. 

 

Con esas palabras, acababa de ofrecerle abiertamente y de aceptar yo mismo, mis sentimientos. En ese momento no le dije mi nombre, porque a fin de cuentas ya nos conocíamos. Ella era Carolina, la dueña de la floristería y la mujer que me había robado el corazón y yo no era más que un viejo chocho que pasaba por delante de su tienda cada día.

La respuesta no se hizo esperar. Mientras se quitaba el delantal y le hacía una seña a un joven que pulverizaba unas plantas verdes, para mi sorpresa contestó: ¿Puede ser ahora?

 

Compartimos apenas la brevedad de un café, pero esa tarde dio inicio a los que resultaron ser, unos de los días más felices y enriquecedores de mi vida. Vivíamos nuestra secreta relación en la eternidad que otorgaba el tiempo que podíamos estar juntos y la primera vez que hicimos el amor, a escondidas en el baño lloré como un niño. Uno ya no tenía el vigor de los veinte años, pero ella, mi diosa clandestina, en la plenitud de su vida consiguió despertar en mí emociones que creía muertas. 

 

Cuando Consuelo que en gloria esté, enfermó, dejamos de vernos por expreso deseo de Carolina. Pensó que debiendo estar más presente en mi casa, lo mejor era dejar nuestra relación en una especie de stand by sin fecha de expiración.  Decía que le parecía inmoral estar conmigo mientras Consuelo luchaba por su vida y que lo más justo para con ella, era quedarse al margen.

 

Acepté su voluntad sin alegatos conociendo el riesgo que a pesar de todo conllevaba. Yo estaba seguro de que mi amor por ella no tenía límites y ella también decía que me quería, pero es sabido que la distancia consigue muchas veces marchitar una relación hasta hacerla perecer.

 

En este punto de la historia, puede parecer que eso fue lo que ocurrió, pero no ha sido así. Carolina, la mujer más generosa que yo he conocido, mantuvo conectado ese hilo secreto e invisible que une a los amantes y pasado el tiempo prudencial que requería socialmente mi nuevo estado civil, aceptó venir a vivir conmigo.

 

Mis amigos, los que me quedan, me preguntan en ocasiones qué médico me asiste y si tomo algún complejo vitamínico para estar tan vehemente y enérgico. Tal vez un día les desvele mi secreto y les cuente que el compuesto que me tiene así, aunque tiene nombre de mujer; no se llama Viagra ni lo venden en farmacias, si no que lo encontré en una floristería.

 

 

 
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