Archive for julio, 2008


Algo para leer

 

Puesto que al parecer las fuentes que me inspiraban, o las musas, o lo que quiera que fuese ya no trabajan en mi favor, he decidido compensar mi esterilidad literaria, leyendo a quienes lo hacen más y mejor que yo.

 

De los libros que he leído últimamente y terminado, me ha marcado bastante “Nubosidad Variable” de Carmen Martín Gate. Tal vez fuese porque me veía como en un espejo en una de las protagonistas, pero es un libro que no podía dejar de leer,  e incluso sentí que se acabase. Cuenta cómo el azar reúne treinta años después a dos amigas en una fiesta y cómo el recuerdo de esa amistad desencadena un cambio interior en ambas que va creciendo a lo largo del libro.

Mientras lo leía, copié alguna de sus frases en un papel, porque me llamaron la atención. Lo que no marqué es cual de las dos mujeres, Sofía Montalvo o Mariana León; las decía, pero de cualquier manera voy a citar dos que me parecen absolutamente rotundas.  Una es  La ausencia es el aire que apaga el fuego chico y aviva el grande” y la otra “A nadie se le deja de querer por sus defectos, si no porque descubres que no te interesa comprenderlos, ni interpretarlos. Creo que es una novela perfecta

 

Al terminarlo, necesitaba leer más y entonces me decidí por “El príncipe destronado” de Miguel Delibes.  Con un estilo y tema, totalmente distintos al anterior.  Cuenta un día de la vida de Quico, un niño de tres años. Cómo vive el hecho de dejar de ser el centro de atención en su familia y entorno más cercano, para que lo sea su hermana pequeña. 

La película, La Guerra de papá, está basada en este libro, de modo que Quico hoy tiene más de veinte años, pero como las letras son intemporales y yo no había visto la película…. Es un libro de fácil lectura y muy ameno.

 

Y tras él, “La hija del Cónsul” de Teresa Cameselle. Novela ganadora del primer premio Talismán. 

Teresa es lectora de este blog y amiga mía y no podía dejar de pasar la oportunidad de leer la que es su primera novela.

“La hija del Cónsul” está ambientada en el sultanato de Bankara a orillas del Mar Negro. Teresa con sus descripciones consigue una atmósfera cautivadora, incluso por los aromas que se dejan sentir a través de las letras. También es divertida en ocasiones y si a esto añadimos una carga de febriles tintes eróticos, el resultado es una lectura que te atrapa y te sumerge en el mágico mundo de las mil y una noches.  Gracias Teresa por este regalo para los sentidos.

 

También debo dar las gracias a mi amigo Alparcero por regalarme el que estoy leyendo ahora,  “La elegancia del erizo” de Muriel Barbery. De momento sólo puedo decir, que promete.   Ya os contaré más adelante.

 

Hasta pronto, sed buenos

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Miradas II

 
Mi propósito al acostarme siempre es levantarme con el tiempo que necesito. Lo cierto es que nunca lo consigo. Cada día salgo a la carrera de casa y llego a la estación con el corazón latiéndome en la garganta por el esfuerzo.

¡Ding, dang, dong… ding, dang, dong!…- Tren procedente de Barcelona detenido en vía 1 y con destino a Massanet-Massanas, va a efectuar su salida dentro de breves instantes. Tiene prevista su parada en El Masnou, Premiá, Mataró… Repite como una letanía un día tras otro la voz de megafonía.

 
De un salto penetro en el vagón y mientras aprovecho para tomar aliento, echo una mirada a quienes van a compartir el viaje conmigo. Con facilidad distingo a mi derecha una monja con los ojos cerrados, abstraída en sus pensamientos o dormida. Frente a ella una pareja de ancianos. Una mujer que lucha verbalmente con sus hijos con el inútil empeño de que no peleen entre ellos. Más atrás, un joven en cuyas orejas se alojan unos casi imperceptibles auriculares. Y al fondo, apenas visibles por encima del respaldo del asiento, distingo los ondulados cabellos del que intuyo pueda ser el hombre de ojos azules que seguí el día anterior.

El tren se pone en marcha y a pesar de lo incómodo que resulta caminar en un suelo móvil, me dirijo con simulada decisión hacia él.
Buenos días, ¿Está libre este asiento? Pregunto haciendo acopio de valor al comprobar que efectivamente es el mismo hombre.
Se hace a un lado absorto por la lectura de su periódico. Tras mirarme brevemente lo cierra, y con una sonrisa digna de un anuncio de dentífrico exclama: -¡Claro que lo está!. Sonrío y me siento frente a él.

Hoy lo veo distinto. El pelo en un desorganizado caos, el viejo pantalón vaquero y la camisa de algodón blanco roto, le dan un aspecto un tanto bohemio, acrecentado tal vez por el intenso moreno de su piel. El sol penetra radiante por la ventanilla tornando el color de sus ojos en un nítido azul agua de mar.
Con vivacidad, hace alusión a nuestra coincidencia de horarios y destinos, comentamos las noticias que vienen en el periódico, hablamos por supuesto del maravilloso día que hace, y en absoluto prestamos atención a quien sube y baja en las estaciones intermedias a nuestra parada.

-Buenos días…, billetes, por favor. Requiere un inoportuno, rechoncho y bigotudo revisor en el pasillo. Un masticable silencio se apodera del ambiente únicamente roto por el murmullo de los viajeros y el traqueteo del propio tren. Con habilidad de equilibrista, el revisor pica los billetes, saluda al devolverlos y sigue con su trabajo.

Tras un par de minutos, el tren frena de nuevo y por la ventanilla distingo -Mataró- nuestro punto de destino. Veo a Mercedes colocando ordenadamente sus tiras de cupones en el kiosco y un jardinero trabajando los parterres circundantes. En el andén un grupo de niños con gorras y mochilas espera ansioso la detención total del tren.

Desciendo del vagón escarbando en mi bolso. ¿Donde están mis gafas de sol? Un grupo de turistas, a los que presumo ingleses por su forma de vestir y su piel de color rojo langostino, se dirige a la parada de autobuses. Mi apenas conocido acompañante me adelanta, y sin dejar de caminar se gira diciendo: – ¿A las cinco y media?… sonrío complacida, asiento y me pongo las gafas.

¡Por cierto!… me llamo Pedro, clama a distancia con el brazo en alto y el periódico en la mano, para inmediatamente y como el día anterior…perderse mezclado entre la gente.

Inspiro el penetrante aroma de las madreselvas recién regadas, y en el hall de la estación suena Dreams de Cranberries… El día, se anuncia perfecto.

 
 

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Voces de las estrellas

 

Cuando era niña, oía hablar a las estrellas en verano…

 

 

En las vacaciones, después de cenar, salía a tomar el fresco a la calle y mientras mi abuelo me contaba historias, yo contemplaba el cielo. Por entonces el campo olía especialmente bien, o por lo menos, a mi me lo parecía.  Podía distinguir el aroma de los pinos de la carretera, el del jazminero y los geranios del patio, el del tomillo y el romero de los montes cercanos…

 

Pasaba mucho rato mirando las estrellas estando sentada junto a mi abuelo. –Mira…– me decía señalando un punto concreto del cielo, –pronto va a pasar el satélite.  Y era cierto.  A la misma hora, todas las noches, se veía cruzar el cielo siguiendo el blanquecino camino de la vía Láctea, el diminuto punto luminoso trazando una perfecta línea recta.  Podría parecer una estrella más de no ser por la trayectoria que seguía y porque no chispeaba como las otras estrellas.

 

Era ese titilar que tenían, lo que me tuvo confundida durante mucho tiempo. Creía que ese centelleo que acompañaba al acompasado sonido que yo escuchaba, era una especie de lenguaje para orientar al satélite, y que tal vez sólo seres de otros mundos serían capaces de comprender.

 

Tardé tiempo en entender que ese rumor que yo oía en las noches de verano, no provenía de las estrellas, si no de unos pequeños seres que pertenecían al mismo mundo que yo. Que no se trataba más que de un raro y metálico canto de amor, producido por las alas de los grillos macho, para atraer a las hembras.  A partir de ese momento, todo fue distinto. Supongo que es lo que nos ocurre a todos, cuando dejamos de ser inocentes y tomamos consciencia de cómo es la realidad.

 

Ahora, las luces de las grandes ciudades impiden ver el cielo como yo lo veía de niña, pero en ocasiones la suerte me acompaña y consigo ver un trozo de cielo en el que sólo refulgen pequeños y titilantes puntos de luz blanca.  Y a veces, sólo a veces, vuelvo a escuchar sus vocecillas magnéticas de estrella.

 

¿Qué intentarán decirme? Tal vez un día pueda contarlo.

 

Hasta pronto…