Al entrar en la tienda un universo infinito de llamativos colores reclama mi atención. Mil y una formas encerradas en grandes recipientes acristalados, reposan pacientes a la espera de que una mano sin voluntad las recoja y se las lleve. Bastoncitos de caramelo, rugosas y aromáticas frambuesas, esponjosas nubes rosas, palitos de regaliz, dulces y blandos huevos de yema anaranjada, tiernos ositos de goma, chupetes,  platanitos rebozados en cristales de azucar, o las humildes y sencillas perlitas de gominola.  Un sin fin de tentadores y dulces estímulos visuales y aromáticos, capaces de hacer sucumbir la voluntad más férrea.

Silvie, la dependienta,  mira su reloj de pulsera. Es casi la hora de cerrar. Me habla del tiempo, de lo loco que está últimamente,  pero no le presto mucha atención porque estoy concentrada en la resolución de un dilema, ¿frambuesas o huevitos?

El reloj del Ayuntamiento avisa que son las siete.  Por fin, me decido por las frambuesas, y con precisión de relojero, las voy cogiendo una a una con las pinzas y las pongo junto con los ositos amarillos y naranjas en la bolsa.  Pero,  ¿cómo no coger también chupetes y platanitos?  Al ser de precios distintos, necesito dos bolsas. Silvie, se impacienta;  le da la vuelta al letrero de la puerta en el que desde fuera se lee  Fermé, y me da tres. Ella me conoce y sabe que no me iré sin los palitos de regaliz rojo.

Ebria de aromas dulces de vainilla, naranja, caramelo y fresa, pago mi cuenta y salgo de la tienda. Tengo el coche muy cerca y subo a él para volver a casa.  Pongo la llave en el contacto, y entonces le veo sentado en uno de los bancos de la plaza. Me ha costado reconocerle sin el uniforme. Está con las piernas cruzadas y una mano en el bolsillo de la cazadora. Con  la otra sujeta un cigarrillo del que aspira y  vomita grandes bocanadas de humo. Es Arnaud, el municipal.  El uniforme le sienta muy bien, pero casi me gusta mas así, con el pantalón vaquero y la cazadora de cuero negra. Debería irme a casa, pero la tentación de observarle es más fuerte que yo.

Arnaud descruza las piernas y apaga la colilla  con el pié. Amparada por las sombras de los tilos de la plaza,  sigo mirándole, y sin darme cuenta abro despacio la cremallera del bolso.  A tientas y sin apartar la mirada, palpo en el interior intentando adivinar las formas. Aromas ácidos excitan mi nariz llenando mi boca de acuosos fluidos. A estas horas ya no pasa nadie por la calle. Únicamente estamos, Arnaud y yo. 

Como la niña que a escondidas se sube a la silla de la cocina para coger el tarro de la mermelada,  sucumbo al placer de mi más oculto y  liviano pecado. Cojo entre mis dedos uno de los pequeños, amarillos y tiernos plátanos de gominola azucarada, lo llevo a mi boca, lo succiono pecaminosa y lentamente hasta que sin remedio, desaparece deshecho y licuado, sobre mi lengua.  

Arnaud se levanta del banco y se marcha. No me ha visto.  Yo, giro la llave del contacto y vuelvo a casa.

 

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