Archive for marzo, 2007


Palabras en el agua

Nos gustaba subir a la ermita de San Telmo, desde donde se podía ver toda la playa y si se levantaba viento, bajábamos a perdernos por los entresijos del puerto. A veces nos acompañaba alguna gaviota que acudía a llevarse los restos de pescado que quedaban atrapados entre las redes. Es extraño el silencio que puede escucharse en un puerto pesquero. Apenas el golpear del agua en los cascos de los barcos, las gaviotas, el viento y el mar estrellándose al otro lado del espigón.

En aquellos años ya dejaba correr las absurdas ideas que asaltaban mi cabeza  sobre papeles que nadie leyó nunca.  En el último curso, me dio por enviar mensajes en botellas.  La mayoría de ellas iban a morir a la playa,  pero alguna, nunca reapareció. Maria José opinaba que era estúpido lanzar mensajes al mar, ¿acaso los peces saben leer? Me decía riéndose, pero eso no impedía que lo hiciera igualmente.

Se me pone cara de calamar, o de sepia, no estoy muy segura, al recordar a un submarinista que emergía del agua todos los jueves. Íbamos a la playa a buscar mi botella y nos sentábamos  en la arena. Maria José dibujaba marinas y  yo escribía algo parecido a un poema o el mensaje que enviaría al día siguiente.  Él, pasaba cual dios Neptuno, con las aletas en una mano y sujetando con la otra el arpón del que casi siempre pendía algún tipo de cefalópodo. El agua resbalaba por su traje de neopreno y dejaba a su paso un intenso aroma de algas y sal.  Nunca llegué a mirarle a la cara, y creo que Maria José tampoco, pero se le veía musculoso y fuerte.

A veces, al escribir aquí,  tengo la misma sensación que cuando echaba las botellas al agua. Con la diferencia de que éste es un mar ficticio en el que flotan mis palabras entre cibernéticos tritones y sirenas.

¿Habrán aprendido a leer los peces a través del cristal?   ¿Algún submarinista arponero, recogerá mi botella?   

Ya os contaré.

  

No me resisto a dejar esta entrada sin una música que siempre me ha tocado las fibras más sensibles. "Cançao do Mar" en la voz de Dulce Pontes. Como siempre la tenéis en la lista de música.

 

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Pecado Venial

 

Al entrar en la tienda un universo infinito de llamativos colores reclama mi atención. Mil y una formas encerradas en grandes recipientes acristalados, reposan pacientes a la espera de que una mano sin voluntad las recoja y se las lleve. Bastoncitos de caramelo, rugosas y aromáticas frambuesas, esponjosas nubes rosas, palitos de regaliz, dulces y blandos huevos de yema anaranjada, tiernos ositos de goma, chupetes,  platanitos rebozados en cristales de azucar, o las humildes y sencillas perlitas de gominola.  Un sin fin de tentadores y dulces estímulos visuales y aromáticos, capaces de hacer sucumbir la voluntad más férrea.

Silvie, la dependienta,  mira su reloj de pulsera. Es casi la hora de cerrar. Me habla del tiempo, de lo loco que está últimamente,  pero no le presto mucha atención porque estoy concentrada en la resolución de un dilema, ¿frambuesas o huevitos?

El reloj del Ayuntamiento avisa que son las siete.  Por fin, me decido por las frambuesas, y con precisión de relojero, las voy cogiendo una a una con las pinzas y las pongo junto con los ositos amarillos y naranjas en la bolsa.  Pero,  ¿cómo no coger también chupetes y platanitos?  Al ser de precios distintos, necesito dos bolsas. Silvie, se impacienta;  le da la vuelta al letrero de la puerta en el que desde fuera se lee  Fermé, y me da tres. Ella me conoce y sabe que no me iré sin los palitos de regaliz rojo.

Ebria de aromas dulces de vainilla, naranja, caramelo y fresa, pago mi cuenta y salgo de la tienda. Tengo el coche muy cerca y subo a él para volver a casa.  Pongo la llave en el contacto, y entonces le veo sentado en uno de los bancos de la plaza. Me ha costado reconocerle sin el uniforme. Está con las piernas cruzadas y una mano en el bolsillo de la cazadora. Con  la otra sujeta un cigarrillo del que aspira y  vomita grandes bocanadas de humo. Es Arnaud, el municipal.  El uniforme le sienta muy bien, pero casi me gusta mas así, con el pantalón vaquero y la cazadora de cuero negra. Debería irme a casa, pero la tentación de observarle es más fuerte que yo.

Arnaud descruza las piernas y apaga la colilla  con el pié. Amparada por las sombras de los tilos de la plaza,  sigo mirándole, y sin darme cuenta abro despacio la cremallera del bolso.  A tientas y sin apartar la mirada, palpo en el interior intentando adivinar las formas. Aromas ácidos excitan mi nariz llenando mi boca de acuosos fluidos. A estas horas ya no pasa nadie por la calle. Únicamente estamos, Arnaud y yo. 

Como la niña que a escondidas se sube a la silla de la cocina para coger el tarro de la mermelada,  sucumbo al placer de mi más oculto y  liviano pecado. Cojo entre mis dedos uno de los pequeños, amarillos y tiernos plátanos de gominola azucarada, lo llevo a mi boca, lo succiono pecaminosa y lentamente hasta que sin remedio, desaparece deshecho y licuado, sobre mi lengua.  

Arnaud se levanta del banco y se marcha. No me ha visto.  Yo, giro la llave del contacto y vuelvo a casa.

 

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Así ve el viñetista Ramón del periodico El País, la llegada de la primavera.
 

¿La sentía llegar realmente o eran las ganas que tenía de que viniera?  Lo cierto es que oficialmente está aquí, pero revoltosa como ella es,  ha llegado a muchos rincones disfrazada de invierno. Concretamente donde yo vivo estuvo nevando todo el día de ayer.

Empiezo a echar de menos el sol. Lo necesito.  Soy fruto del sur y los fríos no me sientan muy bien.  Tal vez por eso en estos días, engaño a mis ojos poniendo uno de los fondos de pantalla con rosas que me regaló Alparcero, o miro las fotos de alguno de mis viajes.

Las imágenes  mas bonitas que  tengo de la primavera, son las fotografías que hice en una ciudad del sur y de la que, paradojas de la vida, físicamente cada vez estoy mas lejos.  Fueron apenas tres días a principios de un mes de mayo en Granada. Estuve alojada en el hotel Washington Irving, frente a la Alhambra. La cercanía y el hecho de que la entrada para visitarla cubría dos días, servía de pretexto para perderse a cualquier hora en el bucle del tiempo que encuadran sus muros.

En la Alhambra, la luz es distinta, el agua canta de una forma especial y las rosas de los jardines del Generalife huelen de una manera única y diferente.  En una pared grabado en piedra puede leerse un hermoso verso de Francisco Alarcón de Icaza. Dice más o menos así: “Dale limosna mujer, que no hay en la vida nada, como la pena de ser ciego en Granada”.

He visitado otros lugares, algunos recientemente, pero ningún recuerdo permanece tan intacto y  vivo como el de las imágenes, los sonidos, y los aromas de la Alhambra y sus jardines. Federico García Lorca decía que en Granada se limita el tiempo, el espacio, el mar, la luna, las distancias… hay necesidad de limitar, de domesticar los términos intensos.    También en el siglo XVII otro poeta, Soto de Rojas se refería a los cármenes de Granada como un paraíso cerrado para muchos, jardín abierto para pocos, después tal comentario se ha hecho extensivo a toda la ciudad.

Poco importa lo que uno quiera, es ella la que decide si te atrapa, te subyuga y te hace víctima de su embrujo para el resto de tu vida.  Conmigo, lo hizo.

¡Feliz Primavera!

pd-  Si os gusta la música clásica, os dejo La Primavera de Vivaldi en la lista.

 

Aprovecha el día, no confíes en mañana.

Ayer estuve viendo una película que incomprensiblemente no había visto todavía y que sin remedio estaba destinada a ver.  ‘El club de los poetas muertos’. 

Al inicio, cuando el profesor de Literatura se presenta a los alumnos y les habla de Walt Whitman y su famoso ‘Carpe Díem’, un escalofrío de placer recorrió mi espalda.  Parte de esa obra la tengo a la vista,  pegada con cinta adhesiva en la puerta del armario donde guardo mis CDs vírgenes y la frase que subtitula este espacio, también pertenece a ella.

No sé si como dice Whitman, las palabras y la poesía pueden llegar a cambiar el mundo, pero sí ayudan a verlo desde otra perspectiva.  Me encantó la película, y desde ayer ha pasado a formar parte de mis obras fetiche.

Hay quien no entiende que se pueda llorar a gusto y menos por una película en la que, como manifiestan algunas personas, todo es mentira; pero yo pasé un rato buenísimo dejándome fluir con las escenas finales.  Los chicos se suben a las mesas de la clase para despedir a su profesor (Robin Wiliams), cuando éste es expulsado, demostrando así su desacuerdo con la rancia y encorsetada dirección del colegio que durante cientos de años había seguido la misma y aburrida doctrina.  

Otro poeta, compañero de web y amigo mío, José Manuel Chaves, fue quien me habló de ella. Igual no le gusta que lo cite, pero no sería yo si me callase.  Así pues,  muchas gracias José Manuel, y como me enseñaron a decir cuando era niña, que dios te lo pague y que las hadas no se cansen nunca de dictarte cosas bonitas (esto lo añado yo),  para que los que te leemos y admiramos, sigamos disfrutando de tus letras. El rato que pasé viendo esa película no tiene precio, así que Dios va a tener que esmerarse mucho.

Apenas quedan cinco días para que llegue. Mucha gente le teme, les hace estornudar, les enrojece los ojos, o les provoca asma; también hay quien se deprime cuando llega y es una pena, porque la primavera es la estación más bonita de todas.  Es alegre, cálida, sensitiva, e insultantemente bella. Bulle de vida, colores, y aromas.  Los insectos enloquecen con el olor de los pólenes y a ciertos humanos nos produce extraños efectos también. 

Qué bonita está la luna, cuando vienen las picores,
y salen los sarpullío’h, calentando los motores…
El santo se nos va al cielo, de plata se pone el mar
El corasón se disloca… 

En la voz de mi amigo Carlos Cano, queda mucho mejor, lo sé.  Pero es que, el dicho de que la primavera la sangre altera, es totalmente cierto. A mi me da incluso por cantar.

Y creo que esto va a ser todo por hoy, pero no quiero irme sin dejar un abrazo muy fuerte a mis cotillas.  Si, si, os digo a vosotros. A los que entráis por la puerta falsa sin hacer ruido. A los que pegados como salamandras en las paredes moradas de éste vuestro espacio, leéis desde lo alto y os vais sin dejar huella.   (A ver si así…) 

Carpe Díem, queridos míos.

Hasta pronto.